Thursday, July 08, 2010

¿Por qué hacen tanto ruido? (Fragmento)

Ayer camine por la Avenida Abancay. Descendí del omnibus de la Universidad perdiéndome en un mar confuso de vendedores ambulantes y un ruido enloquecido. Un día como cualquiera.

Sé adónde me dirijo. Ese día había pensado como ahora que hacía viento, en la penumbra, mientras me arrastraba hacia la farmacia y pase por la antigua parroquia del padre alemán, el bellísimo ejemplar nórdico de mis quince años de platonismo. Había pensado en que mis amigas poetas no tenían a donde ir en esta ciudad en una noche tan hermosa de gran viento, que los cabellos de Patricia necesitaban otra noche y otro viento que los revolviera, que Mariella no debía encerrarse en un cine sino abalanzarse sobre estos mugrientos techos para destruirlos.

Esa necesidad de beber en lejanías misteriosas era romántica, las estrellas caían, como pedazos de músculos que eran pedazos de músculos. Había maretazos y rostros de tigres clavados en las ventanas...

Pero ahora sólo hay una noche de viento en la que es imposible desandar, volver al pasado y arrastrándome a la farmacia pedí una pastilla para calmar mis nervios. Deseando alterarlos, comencé a rezar en la antigua parroquia. Deseé lo que no está permitido. Cortarme el lóbulo de las orejas. Sé a donde voy. Sé el límite de una noche de viento. Fatal como la noche anterior pareciéndose a ésta, aún inexplorada. Cuando hace mucho viento se parece a un poema de Nerval, exquisitamente romántico.

Deseé cortarme una oreja y después la otra, luego los dedos de los pies y luego la capacidad de pensar. Y después que todo esto dejara de acumularse como una máquina de tormentos, escribir el poema necesario a una noche de viento: un poema como una oreja que se corta sin hacer ruido, un simple cartílago que cae a tierra, que no es ningún símbolo sino un simple corte delicado.

Carmen Ollé

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